Sin lugar a dudas, esta es la más gratificante de la veintena de tareas que me he propuesto contar en este blog.
He sido toda la vida casi un analfabeto funcional en cuestiones de cocina (freír un huevo, freír unas patatas, unos calamares… todo lo más, excursiones esporádicas al mundo de las patatas a la riojana). Pero no voy a buscar excusas, aunque alguna hay…
Lo importante es que por fin le he perdido el miedo a la cocina y ya estoy en condiciones de subsistir unas semanas sin pizzas, congelados o latas de callos 8-).
A la mayoría le parecerá trivial preparar un puré de calabacín o de acelgas, una vichisoise, una ensaladilla rusa, un bizcocho de chocolate, unos brownies, un arroz con leche, unos simples macarrones como los de la foto (míos), unos filetes de lomo a la plancha, pero hasta que no te pones, no sabes…
Eso sí, hay que denunciar ;-) que las miles de recetas dispersas por libros, revistas e Internet no ayudan absolutamente nada a los ingenieros. Un ingeniero necesita datos fiables y algoritmos comprensibles. Las recetas no tienen ni lo uno ni lo otro.
Sobre los datos: es fácil encontrar recetas de un mismo plato que para los mismos comensales te proponen una el doble de cantidad de un ingrediente que otra. O que te dicen que añadas un chorro de aceite: mililitros, por favor. O que cuezas algo en agua abundante ¿cuánto de abundante? ¿un litro, dos, tres…?
Y sobre el algoritmo o procedimiento, utilizan a veces términos rarísimos: ¿Qué leches es eso de pochar? ¿y qué es sofreír? ¿y rehogar? ¡Definiciones claras en las recetas, por favor!
Bromas aparte, como decía al principio, es una gozada ver que lo que has preparado es del gusto de tus hijos y tu mujer, que son los únicos jueces por ahora...

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